Llegar en tren a Arriondas o Unquera, enlazar con bus a Poncebos y caminar la senda del Cares hasta Caín es una forma elegante de abrazar el macizo sin coche. Noche en Caín o Posada de Valdeón, amanecer frío y regreso por la misma senda o por variantes seguras. Cierra el lazo con buses de vuelta hacia la costa, dejando colchón por si la meteo aprieta. Lecciones: madrugar, llevar frontal, y confirmar el último enlace antes de cruzar el puente final.
Tren hasta Unquera, bus breve al inicio de Urdón y subida sostenida hasta Tresviso por una traza histórica que corta la roca. Noche en albergue, cena caliente y charla con ganaderos que leen las nubes mejor que cualquier app. Si el parte sonríe, continúa hacia Sotres por rutas señalizadas y baja a Arenas de Cabrales para hallar un bus de retorno a Llanes o Unquera. Si el tiempo gira, desciende a Urdón y celebra haber tenido un plan B armado desde el andén.
Acércate en tren a Torrelavega o Unquera y enlaza a Potes para iniciar la jornada bajo la pared de Fuente Dé. Si el viento lo permite, sube en teleférico y atraviesa los Puertos de Áliva, dejándote guiar por hitos y prados altos. Desciende a Espinama o a la pista hacia Mogrovejo, donde el paisaje huele a heno. El regreso a Potes es plácido, y desde allí vuelves al tren con la cabeza llena de balcones de piedra y la mochila más ligera de dudas.
Íbamos convencidos de subir a los Lagos, pero el maquinista, con media sonrisa, comentó que el viento venía de golpe y que quizá valía la pena cambiar el orden. Bajamos en Ribadesella, caminamos por la ría, ajustamos plan y terminamos llegando a Cangas a tiempo, secos y con margen. Aquella frase, inocente y precisa, nos enseñó que la mejor estación meteorológica viaja a la cabeza del convoy y que escuchar salva botas, mapas y orgullo.
Buscando combinaciones a Potes, extendimos el mapa sobre una mesa pegajosa. La camarera, que hacía cada día el trayecto a Torrelavega, nos marcó con bolígrafo los buses más fiables tras el tren de media tarde. Entre pincho y anécdota, rehicimos el encaje horario y llegamos sin correr. La mancha de café quedó como medalla. Moral: la logística perfecta se cocina con voces locales, no solo con aplicaciones limpias y relojes brillantes.
Perdimos el último bus tras bajar de Sotres, pero en la parada había dos senderistas igual de cansados. Acordamos taxi compartido hasta Llanes y alcanzamos el tren que jurábamos perdido. En el andén, las risas ahogaron el cansancio y quedamos en intercambiar rutas por correo. Ese pequeño pacto improvisado recordó que viajar ligero también significa confiar en la red humana que sostiene caminos, motores y decisiones cuando el sol ya se fue.
All Rights Reserved.